Cuando Damián salió de la cocina junto a Alessia, Álvarez le
dirigió una mirada interrogante. En realidad no sabía qué era lo que tendría
que haberle preguntado a la muchacha, así que se había limitado a hacer las
preguntas de rigor y a satisfacer su propia curiosidad. Álvarez lo había
llevado allí para hacerse una idea general y para cumplir con el protocolo,
pues estaba claro que no confiaba en el criterio de un niño que acababa de
llegar esa misma mañana a la isla y que no sabía nada del caso, excepto la
breve conversación que habían mantenido en el coche.
Damián por su parte se limitó a sonreírle, con expresión
cansada, en un vano intento por transmitirle una despreocupación que en
realidad no sentía. Con una amabilidad casi tan extraordinaria como la de su
compañero, se despidió de la curiosa familia y prometió molestar lo menos
posible en los próximos días.
-No se preocupe por molestar en absoluto. –Había replicado
Alessia, recordándole aquella desvanecida promesa que le había hecho en la cocina.-
Tienen que resolver esto, ¿No?.
Después se dio la vuelta y entró en lo que debía ser su
habitación, sin despedirse y con expresión ofuscada. El agente y el joven
Alexánder salieron de la casa y volvieron al Mercedes, esta vez con dirección a
la comisaría.
Para su sorpresa, Álvarez no le formuló ninguna pregunta
acerca de su conversación con Alessia, sino que se limitó a informarle de la
actividad criminal de la isla, como quien informa de las últimas noticias de la
tarde en un informativo de una cadena pública. Damián se limitó a escucharle
con atención, pues comprendía que no estaba allí sólo para observar cómo resolvían
el caso de Samuel, sino para aprender todos los aspectos de la profesión, lo
que incluía desde robos y asesinatos hasta vandalismo juvenil.
-Es curioso, porque esta isla era muy tranquila cuando
llegué. –Estaba diciendo entonces- Podías dejar la puerta de tu casa abierta
que sabías que nadie se atrevería a entrar. Pero últimamente no me dejo abierta
ni la chaqueta.
Le pareció bastante exagerado que alguien dejase la puerta
de su casa abierta, pues de donde venía era raro no encontrarse chavales
intentando abrir los coches, o robando en los supermercados. Así que supuso que
simplemente exageraba la realidad para que se diera cuenta del problema.
-Este mes han entrado ya en cinco casas y al menos en ocho
locales. Y eso sólo en este lado de la isla. –Dam supuso que la isla tendría
dos lados, pero no tenía muy claro por donde se dividían.- Ha sido tan fortuito
que creo que son un grupo de chicos, pero bien informados. En un bar rompieron
el cristal y cogieron un dinero que el camarero tenía escondido, es decir, que
sabían dónde estaba.
-¿De chicos?
-Los adultos no se vuelven delincuentes de un día para otro,
llevo aquí seis años, en ese tiempo los niños crecen y se hacen adolescentes
problemáticos. Son chavales.
-Seis años no es lo que yo llamaría <<De un día para
otro>> -Replicó con el ceño fruncido. No es que no pensase que fuese un
grupo de adolescentes, en realidad no tenía ni idea, no conocía los detalles de
los robos, ni había vivido allí en ningún momento, pero por algún motivo
siempre había tenido la mala costumbre de buscarle la puntilla a todo.
Para su fortuna, el coche aparcó frente a un pequeño
edificio, en una de las plazas reservadas para los coches oficiales. La
comisaría no era más que una casa grande totalmente cuadrada, pintada de blanco
y azul, colocada mirando hacia el mar, al comienzo de una pequeña ciudad que ni
siquiera podía llamarse así. Damián se quedó sin aliento; no se esperaba una
comisaría como la de su ciudad, pero no creía que aquella sería tan poca cosa.
-Venga, ¿A qué esperas? –Sus pasos se dirigieron
atropelladamente hacia la puerta azul de pintura descascarillada, siendo
empujado por un divertido Álvarez, que observaba su expresión como si se la
esperase desde que salieron de casa de los Díaz. Fue él mismo el que le abrió
la puerta, y Dam, que ya no sabía qué esperar del interior, se sintió
inmediatamente cohibido cuando todas las miradas se dirigieron hacia él,
movidas por la curiosidad.
El interior de la comisaría era un enorme revoltijo de
mesas, papeles y ordenadores que despedían un molesto ruido mecánico. A pesar
de ello sólo había cuatro agentes de uniforme, cada uno en su respectiva mesa,
y una mujer vestida de a pie ocupando el único ordenador portátil de la sala.
Uno de los agentes se levantó enseguida y se acercó a ellos con una sonrisa de
suficiencia en la cara. Damián supuso que sería el supervisor.
-¡Álvarez!, empezaba a pensar que recoger al muchacho era
demasiada responsabilidad para ti. –El hombre rió de buena gana y le dio una
palmada nada amistosa en la espalda. El aludido no respondió, sino que
permaneció con el rostro impertérrito, como si no fuese la primera vez que le
hacían una burla como aquella. En la comisaría, sólo dos personas le rieron la
gracia; un agente que los miraba con expresión aburrida, y la mujer del
portátil, que parecía especialmente interesada en el acontecimiento.
-Déjale, Alemán, vas a asustar al muchacho. –Dijo esta, con
una media sonrisa. Damián le dirigió una mirada rápida, pero de poco le sirvió,
ya que levantó y se acercó a ellos, por lo que tuvo que apartar la mirada para
no parecer maleducado.
-¿No nos podían enviar a una informática algo más
experimentada, a todo esto? –Le respondió, molesto. Dam se percató entonces de
su acento, irremediablemente extranjero, y en sus ojos claros. Si no hubiese
estado casi calvo ni tuviese la cara surcada de arrugas, ni esos labios
consumidos de fumador, hubiese resultado incluso atractivo.
-¿Prefieres a una gorda vieja? Yo al menos le doy alegría a
este sitio tan deprimente. –Replicó, casi riendo. Luego se dirigió al recién
llegado- Soy Valeria, y , sorpresa, soy informática. –Puso los ojos en blancos,
aún bromeando- ¿Tú eres Alexánder?
-D-Damián. –Respondió algo tarde. Se había quedado
ensimismado mirando su largo cabello rubio, que le llegaba casi hasta la cintura.
–Alexánder es solo mi apellido.
-Como sea. ¿Queréis ver las fotos?
-¿Ya las has recuperado? –Preguntó Álvarez, que había
permanecido callado hasta entonces- ¿Tan pronto?
-Incluso las borradas. Fotos, mensajes, vídeos e historial
de internet. No hay nada del otro mundo, lo que espera una encontrarse, en
realidad.
-¿Habláis del ordenador de Samuel? –Inquirió Dam, algo
confuso.
-Y de su móvil, cariño. Si estuviese vivo seguramente ahora
estarías llegando a su casa para detenerle, es increíble la cantidad de fotos
relacionadas con las drogas. En fin, mirad.
El Alemán se encogió de hombros y salió de la comisaría,
como si hubiese recordado de repente que tenía trabajo que hacer. Por otro lado
Damián y Álvarez se sentaron alrededor del portátil de Valeria. La muchacha se
echó hacia atrás y fue pasando las diapositivas.
-He descargado lo de su móvil a mi portátil. –Explicó Valeria,
mientras pasaban decenas de fotografías que mostraban retazos de fiestas y
desazón. La mitad eran simplemente manos sujetando cigarros o petas, y el resto era una mezcla entre
plantas de marihuana y pornografía gratuita.
-Pasa esas a mi ordenador. –ordenó Álvarez en cuanto vio las
fotos de las plantas- Veré si descubro dónde se encuentran, ya que estamos.
-Si su muerte está relacionada con las drogas nos vendrá
bien saber en qué círculos se movía, quién le vendía, etcétera. –Damián cogió
aire mientras una despampanante chica desnuda aparecía en la pantalla de
Valeria- Estaba obsesionado, madre mía.
-Espera, ¿Quién es esa chica?
-Esta foto no es de internet –Se apresuró a decir Valeria-
se sacó con la cámara de su móvil.
A Damián le costó unos segundos darse cuenta de que hablaban
de la chica de la pantalla. Estaba completamente desnuda, y había sacado la
foto ella misma, utilizando su reflejo en el espejo. Por desgracia la luz del
flash le tapaba la cara. De fondo se veía a Samuel, sonriendo, sentado en una
cama.
-¿Es su novia? –Inquirió.
-No, su novia tiene el pelo corto –Respondió Álvarez.
-Podría habérselo cortado.
-No lo creo, además no tiene esas caderas. –Se inclinó sobre
el portátil. Damián se sintió incómodo con la situación, pero sabía que había
que ser profesional, así que mantuvo la compostura. –Podría ser Alessia.
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