sábado, 19 de enero de 2013

Damián [II]: ¿Quién?


Cuando Damián salió de la cocina junto a Alessia, Álvarez le dirigió una mirada interrogante. En realidad no sabía qué era lo que tendría que haberle preguntado a la muchacha, así que se había limitado a hacer las preguntas de rigor y a satisfacer su propia curiosidad. Álvarez lo había llevado allí para hacerse una idea general y para cumplir con el protocolo, pues estaba claro que no confiaba en el criterio de un niño que acababa de llegar esa misma mañana a la isla y que no sabía nada del caso, excepto la breve conversación que habían mantenido en el coche.
Damián por su parte se limitó a sonreírle, con expresión cansada, en un vano intento por transmitirle una despreocupación que en realidad no sentía. Con una amabilidad casi tan extraordinaria como la de su compañero, se despidió de la curiosa familia y prometió molestar lo menos posible en los próximos días.
-No se preocupe por molestar en absoluto. –Había replicado Alessia, recordándole aquella desvanecida promesa que le había hecho en la cocina.- Tienen que resolver esto, ¿No?.
Después se dio la vuelta y entró en lo que debía ser su habitación, sin despedirse y con expresión ofuscada. El agente y el joven Alexánder salieron de la casa y volvieron al Mercedes, esta vez con dirección a la comisaría.
Para su sorpresa, Álvarez no le formuló ninguna pregunta acerca de su conversación con Alessia, sino que se limitó a informarle de la actividad criminal de la isla, como quien informa de las últimas noticias de la tarde en un informativo de una cadena pública. Damián se limitó a escucharle con atención, pues comprendía que no estaba allí sólo para observar cómo resolvían el caso de Samuel, sino para aprender todos los aspectos de la profesión, lo que incluía desde robos y asesinatos hasta vandalismo juvenil.
-Es curioso, porque esta isla era muy tranquila cuando llegué. –Estaba diciendo entonces- Podías dejar la puerta de tu casa abierta que sabías que nadie se atrevería a entrar. Pero últimamente no me dejo abierta ni la chaqueta.
Le pareció bastante exagerado que alguien dejase la puerta de su casa abierta, pues de donde venía era raro no encontrarse chavales intentando abrir los coches, o robando en los supermercados. Así que supuso que simplemente exageraba la realidad para que se diera cuenta del problema.
-Este mes han entrado ya en cinco casas y al menos en ocho locales. Y eso sólo en este lado de la isla. –Dam supuso que la isla tendría dos lados, pero no tenía muy claro por donde se dividían.- Ha sido tan fortuito que creo que son un grupo de chicos, pero bien informados. En un bar rompieron el cristal y cogieron un dinero que el camarero tenía escondido, es decir, que sabían dónde estaba.
-¿De chicos?
-Los adultos no se vuelven delincuentes de un día para otro, llevo aquí seis años, en ese tiempo los niños crecen y se hacen adolescentes problemáticos. Son chavales.
-Seis años no es lo que yo llamaría <<De un día para otro>> -Replicó con el ceño fruncido. No es que no pensase que fuese un grupo de adolescentes, en realidad no tenía ni idea, no conocía los detalles de los robos, ni había vivido allí en ningún momento, pero por algún motivo siempre había tenido la mala costumbre de buscarle la puntilla a todo.
Para su fortuna, el coche aparcó frente a un pequeño edificio, en una de las plazas reservadas para los coches oficiales. La comisaría no era más que una casa grande totalmente cuadrada, pintada de blanco y azul, colocada mirando hacia el mar, al comienzo de una pequeña ciudad que ni siquiera podía llamarse así. Damián se quedó sin aliento; no se esperaba una comisaría como la de su ciudad, pero no creía que aquella sería tan poca cosa.
-Venga, ¿A qué esperas? –Sus pasos se dirigieron atropelladamente hacia la puerta azul de pintura descascarillada, siendo empujado por un divertido Álvarez, que observaba su expresión como si se la esperase desde que salieron de casa de los Díaz. Fue él mismo el que le abrió la puerta, y Dam, que ya no sabía qué esperar del interior, se sintió inmediatamente cohibido cuando todas las miradas se dirigieron hacia él, movidas por la curiosidad.
El interior de la comisaría era un enorme revoltijo de mesas, papeles y ordenadores que despedían un molesto ruido mecánico. A pesar de ello sólo había cuatro agentes de uniforme, cada uno en su respectiva mesa, y una mujer vestida de a pie ocupando el único ordenador portátil de la sala. Uno de los agentes se levantó enseguida y se acercó a ellos con una sonrisa de suficiencia en la cara. Damián supuso que sería el supervisor.
-¡Álvarez!, empezaba a pensar que recoger al muchacho era demasiada responsabilidad para ti. –El hombre rió de buena gana y le dio una palmada nada amistosa en la espalda. El aludido no respondió, sino que permaneció con el rostro impertérrito, como si no fuese la primera vez que le hacían una burla como aquella. En la comisaría, sólo dos personas le rieron la gracia; un agente que los miraba con expresión aburrida, y la mujer del portátil, que parecía especialmente interesada en el acontecimiento.
-Déjale, Alemán, vas a asustar al muchacho. –Dijo esta, con una media sonrisa. Damián le dirigió una mirada rápida, pero de poco le sirvió, ya que levantó y se acercó a ellos, por lo que tuvo que apartar la mirada para no parecer maleducado.
-¿No nos podían enviar a una informática algo más experimentada, a todo esto? –Le respondió, molesto. Dam se percató entonces de su acento, irremediablemente extranjero, y en sus ojos claros. Si no hubiese estado casi calvo ni tuviese la cara surcada de arrugas, ni esos labios consumidos de fumador, hubiese resultado incluso atractivo.
-¿Prefieres a una gorda vieja? Yo al menos le doy alegría a este sitio tan deprimente. –Replicó, casi riendo. Luego se dirigió al recién llegado- Soy Valeria, y , sorpresa, soy informática. –Puso los ojos en blancos, aún bromeando- ¿Tú eres Alexánder?
-D-Damián. –Respondió algo tarde. Se había quedado ensimismado mirando su largo cabello rubio, que le llegaba casi hasta la cintura. –Alexánder es solo mi apellido.
-Como sea. ¿Queréis ver las fotos?
-¿Ya las has recuperado? –Preguntó Álvarez, que había permanecido callado hasta entonces- ¿Tan pronto?
-Incluso las borradas. Fotos, mensajes, vídeos e historial de internet. No hay nada del otro mundo, lo que espera una encontrarse, en realidad.
-¿Habláis del ordenador de Samuel? –Inquirió Dam, algo confuso.
-Y de su móvil, cariño. Si estuviese vivo seguramente ahora estarías llegando a su casa para detenerle, es increíble la cantidad de fotos relacionadas con las drogas. En fin, mirad.
El Alemán se encogió de hombros y salió de la comisaría, como si hubiese recordado de repente que tenía trabajo que hacer. Por otro lado Damián y Álvarez se sentaron alrededor del portátil de Valeria. La muchacha se echó hacia atrás y fue pasando las diapositivas.
-He descargado lo de su móvil a mi portátil. –Explicó Valeria, mientras pasaban decenas de fotografías que mostraban retazos de fiestas y desazón. La mitad eran simplemente manos sujetando cigarros o petas, y el resto era una mezcla entre plantas de marihuana y pornografía gratuita.
-Pasa esas a mi ordenador. –ordenó Álvarez en cuanto vio las fotos de las plantas- Veré si descubro dónde se encuentran, ya que estamos.
-Si su muerte está relacionada con las drogas nos vendrá bien saber en qué círculos se movía, quién le vendía, etcétera. –Damián cogió aire mientras una despampanante chica desnuda aparecía en la pantalla de Valeria- Estaba obsesionado, madre mía.
-Espera, ¿Quién es esa chica?
-Esta foto no es de internet –Se apresuró a decir Valeria- se sacó con la cámara de su móvil.
A Damián le costó unos segundos darse cuenta de que hablaban de la chica de la pantalla. Estaba completamente desnuda, y había sacado la foto ella misma, utilizando su reflejo en el espejo. Por desgracia la luz del flash le tapaba la cara. De fondo se veía a Samuel, sonriendo, sentado en una cama.
-¿Es su novia? –Inquirió.
-No, su novia tiene el pelo corto –Respondió Álvarez.
-Podría habérselo cortado.
-No lo creo, además no tiene esas caderas. –Se inclinó sobre el portátil. Damián se sintió incómodo con la situación, pero sabía que había que ser profesional, así que mantuvo la compostura. –Podría ser Alessia.

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