viernes, 30 de noviembre de 2012

Alessia [IV]: Voces.


Algo ocurre cuando amanece, y para mí, no parecía que fuera a ser algo agradable.
Me desperté como en un sueño, como si realmente no me  hubiese llegado a despertar; De repente, el simple hecho de levantarme suponía demasiado esfuerzo, así que aparté a Dina, que se había asentado en mi pecho, y fijé mi vista en el techo de madera.
La gata soltó un pequeño bufido, pero en seguida volvió a enroscarse sobre sí misma. Yo también tenía ganas de bufar.
<<Vendrán hoy –Suspiré- llegarán antes de mediodía.>>
Era increíble como en tan sólo un día había cambiado tanto mi forma de pensar; la mañana del día anterior lo que más me preocupaba era el dichoso examen de biología, y ahora todo eso… ¿Qué importaba? Alguien había muerto, para Sam, ya no habría más exámenes.
-Dina, no me claves las uñas, ¿Quieres? –Finalmente decidí incorporarme, a sabiendas de que, si me quedaba quieta mucho tiempo, acabaría volviéndome loca. -A ver, quita, quita. No, no me maúlles, que no cuela.
Me tambaleé por toda mi constantemente desordenada habitación hasta llegar al armario: Vaqueros, suéter azul de cuello alto, vans… ¿Qué ropa se pone una para que la interroguen? Yo al menos, nunca me había tenido que preocupar por algo así. Veamos, echemos un vistazo al espejo…
<<¡Dios mío! ¿Esa soy yo? –Revolví mi espeso cabello oscuro, en un vano intento por ponerlo en orden- Estoy pálida, ¿Y eso son ojeras? Que alguien me dispare.>>

Al llegar a la cocina me encontré con un pequeño drama, pues aunque mi madre, con gesto torvo, se había preocupado por prepararme un vaso de leche –Oh, Mamá, ¿Qué tienes en contra de mi taza de los Beatles?- nada más ver aquel líquido blanco, por mucho cacao que le echase, se me revolvía el estómago.
-Tienes que comer algo.
-Ya. –Me estiré con lentitud, dejando escapar un gemido- ¿Qué hora es?
-Las nueve menos cuarto, pero come algo.
Hice un gesto de desaire con las manos y me hice con una galleta algo desabrida, de la que Dina se comió la mayor parte. Mientras ella masticaba, me dí la vuelta con la intención de lavarme la cara, y Sergio chocó conmigo.
-Eh, ¿No has ido a clase?
-El agente dijo que era mejor que me quedase en casa.
-Qué tontería.
Sonreí. Hacía un año que Sergio vivía con mi madre y conmigo, pero aún me hacía gracia su lógica aplastante y su mente simplona. No me malinterpretéis, me cae bien, pero es algo corto de entendederas; la verdad, no sé qué hace mi madre con él.
-Seguramente. – Me encogí de hombros- Espera, suena mi móvil.
Sergio ni siquiera hizo un gesto de asentimiento; se limitó a apartar con suavidad a Dina y continuar lo que quiera que estuviese haciendo. Yo aceleré el paso hacia mi móvil, más que nada porque me daba vergüenza el tono de llamada que tenía puesto y prefería cogerlo cuanto antes. Me lo coloqué en la oreja sin tan siquiera mirar el número que llamaba.
-¿Sí? –Pregunté por inercia.
-¿Cómo que sí? ¿Se puede saber dónde estás?
-¿Perdona? –Tardé un rato en reconocer la voz que sonaba al otro lado del teléfono, pues sonaba demasiado grave, demasiado seria.
-Ha venido la polícia al instituto, como aquella vez que trajeron un perro para buscar droga, pero esto es más fuerte, ¿Sabes? –Abrí la boca para contestar, cuando escuché otra voz de fondo.
-¿Quién es? ¿Hablas con Erica?
-No, con Alessia. –Respondió la primera voz.
-¿Hugo? –Fue entonces cuando caí en la cuenta, pues claro, Hugo, pero, ¿Por qué me llamaba? Él nunca llama.
-Claro que soy Hugo, ¿Quién voy a ser? ¿Samuel?... ¡Pues no!, ¿A que no sabes porqué?
-Porque está muerto.
-Porque está m… Espera –Parecía realmente confundido- ¿Cómo lo sabes?
-¿Sabes que tu voz suena muy grave por teléfono? Casi no te reconozco.
-Ya, pero no me cambies de tema. –Casi podía imaginarme su cara, fingiendo que me miraba por encima de unas gafas que no tenía.
-¿Quién es Erica?
-¡Que no me cambies de tema! –No entendía a qué se debía tal excitación- Estoy en el baño, y si tardo mucho, la Tere lo apunta. Ella lo apunta todo.
-¿Hugo en el baño, llamando por teléfono? Cualquiera diría que te has vuelto medio maruja. Tú no llamas nunca, ¿Qué ha hecho la polícia?
-Entraron en la hora de matemáticas, tres hombres así, como muy serios. Dijeron que tenían que hablar con algunas personas. Se llevaron a la novia de Sam, y a Pedro, ya sabes, el primo. Preguntaron por ti, pero no se preocuparon mucho por tu ausencia. Pedro nos dijo que Sam había muerto, ¿Cómo lo sabías tú?
-Me lo dijo un agente, ¿Recuerdas al hombre que me esperaba a la salida del instituto? –De repente caí en la cuenta de algo- ¿Samuel tenía novia?
-¡Claro!, pero no me extraña que no lo sepas, últimamente haces como si él no estuviera. Se pasa todo el día escribiendo cosas ñoñas en su Twitter. –Cogió aire, pues parecía que iba a asfixiarse- Es todo muy raro, Ale, de repente todo es muy deprimente, no me gusta nada. Tampoco entiendo por qué querían hablar contigo.
Me mantuve en silencio; si el agente Álvarez me había contado todo lo relacionado con el momento en el que encontraron el cuerpo de Sam, no creo que pensase que no lo diría por ahí, pero aún así, había algo en ese hombre que me hacía pensar que aquello era más una confidencia –Que había soltado a causa de mi extraña capacidad para dar pena- que otra cosa.
En fin, era Hugo.
-Creo que Sam tenía una nota en la mano, o algo así, la cogió su madre. –Solté el aire que estaba reteniendo- Tenía mi nombre, pero…
En ese momento, mi amigo hizo un sonido algo difícil de describir, pero para que os hagáis una idea, era algo así como un gemido agudo que expresaba sorpresa, intriga y pena al mismo tiempo; en fin, un sonido que solamente Hugo es capaz de reproducir.
-¿Entonces? –Intentó articular alguna que otra palabra- Puede ser… No, no tiene sentido, quiero decir… Él estaba por ti, ¿No? –Asentí con la cabeza, pero en seguida me di cuenta de mi estupidez, y entoné un tímido <<Sí>> - Pero ya no, ahora está con otra, digo yo que si escribiese una última nota, sería para ella, o algo así.
-No lo sé, pero creo que él me odiaba, ya sabes, las cosas que decía de mí…
-… No era nada alejado de la realidad. –Completó él-
-¡No te pases! –De repente caí en la cuenta de que hablábamos de Sam, de Sam, que estaba muerto y no podía defenderse.- De todas formas, el agente dijo que vendría hoy a hablar conmigo. Es un hombre peculiar, ¿Sabes? Me recuerda a alguien, pero no estoy segura de a quién se me parece.
-¿El mismo que te esperaba a la entrada? –Hice un sonido, dándole a entender que sí- No sé… ¿No era muy alargado para ser policía? No parecía muy en forma.
-Tú tampoco pareces muy en forma, y la fuerza que tienes no es algo normal.
-¿Que no parezco en forma? Es que, ya sabes, pierdo mucho vestido.
Arrugué el entrecejo, intentando quitar esa imagen mental de mi cabeza, Hugo, aunque pudiese parecer muy atractivo para algunas, a mí no se me hacía una imagen agradable. No sé porqué, quizás porque nunca lo he visto como un posible <<Novio>> por así decirlo, habíamos hablado ya de tantas cosas, que toda pasión que pudiese existir se apagaba de inmediato.
-Ya, claro. ¿Te llamo después de la inevitable visita?
Y de nuevo, aquella voz de fondo.
-¡Venga, Hugo, devuélveme el móvil, que no soy rica! Y la Tere debe estar preguntándose dónde estamos.
-Le decimos que estamos estreñidos y ya está. –Alegó él, sin hacerle mucho caso- Alessia, tenemos que quedar, te lo digo, esto es muy fuerte.
-¿Con quién estás?
-¡Ay, deja de preguntar tanto! Te dejo, pero mañana te quiero en el árbol, y sin discutir, si tu madre no te deja te escapas, que ya eres mayorcita.
Fui a contestar, pero Hugo colgó tan repentinamente que ni siquiera tuve tiempo de decirle adiós.
En ese momento, oí la puerta de un coche al cerrarse… ¿Un coche patrulla, por casualidad?

domingo, 25 de noviembre de 2012

Alessia [III]: Dígamelo.


Escuché las palabras que salían de sus labios.
-¿Comprendes ahora lo que intento decirte?
El rostro del policía se había vuelto poco más que una mancha borrosa para mí. Ahí estaba, lo sabía, pero era incapaz de verlo, de oírlo, u olerlo. Ya no existía su voz rota, ni su olor a tabaco de liar, no existía su pelo revuelto ni sus suspiros. Simplemente, ya no existía.
Todo aquello había sido remplazado por la imagen mental que me había creado del cadáver de Sam, de su destrozada madre, de su serio padre, y del corte de su cuello. No había visto ninguna fotografía, pero era perfectamente capaz de imaginarse la desordenada habitación del que había sido mi amigo, manchada de sangre y oliendo a muerte.
Es cierto que Samuel ya no formaba parte de mi vida. Es cierto que lo odiaba y lo ignoraba, incluso que llegué a desearle la muerte, pero esto… Esto era bien distinto; Estaba muerto de verdad, ¡De verdad!, ya no era ninguna fantasía, ningún pensamiento. Era totalmente cierto, y arrolladoramente complicado de aceptar.
Sam había sido, desde hacía bastante tiempo, mi amigo. Bueno, ¿Podemos llamarle amigo? Supongo que para mí simplemente era un chico simpático con una conversación excelente, es una pena que para él no fuera así del todo. No era por mí, si no por él, que era idiota.
Era.
Debí de haber perdido el color de mis mejillas, porque lo próximo que sentí fueron las fuertes manos del agente aferrándose a mis hombros, como si temiera que me cayese de un momento a otro. Aún no era capaz de salir de la burbuja, así que lo único que pude hacer fue negar lentamente con la cabeza, a lo que fuese que me estaba preguntando.
<<Está muerto –No podía ni quería creer aquello, simplemente no era posible. – Y si está muerto, ¿Por qué así? ¿Por qué de una forma tan horrible, allí, en su propia casa, con un corte en el cuello? Es inhumano. >>
El aire pareció volver momentáneamente a mis pulmones.
-¿S-se suicidó? –
-¿Cómo?
-Que si se suicidó. Es una pregunta. –Hablaba a trompicones, pero mi mente comenzaba a despejarse, así que parpadeé y dirigí mi mirada hacia los ojos de Álvarez, buscando respuestas. La gente del bar se mostraba inquieta, así que me limité a susurrar. –Es una… Una posibilidad.
-No, no lo hizo. O al menos, no lo parece. Si lo hubiese hecho habría… -Álvarez paró en seco, dándose cuenta de que no podía ir por ahí hablando del tema, así que optó por callarse.- Encontraremos al que lo hizo, te lo prometo.
-¿Cómo sabe eso? ¿Cómo sabe que lo encontrará? ¿Y cómo sabe que no se mató él mismo?
El agente había vuelto a enterrar el rostro entre sus manos, pero ya no me sentía culpable por eso. Quería que hablara, que me diese respuestas, y que me las diese ya.
-No puedo hablar del caso, Alessia, compréndeme.
-No, no le comprendo. –Sabía perfectamente que mi mirada se había vuelto desafiante. No lloraba, pero parecía que estuviese a punto de hacerlo. O al menos, eso le parecía a él, ya que me tendió, tácito, un pañuelo. – Dígamelo. –Dirigí una mirada suplicante- Por favor.
En momentos como este debo agradecer ese extraño talento que parezco tener para enternecer a la gente, ya que los ojos del policía se tornaron algo tristes, y por un momento estuvo decidido a contármelo todo.
-El arma no estaba en la habitación, así que es imposible que se hubiese matado él. Quiero decir… Es obvio que si te cortas el cuello, no tienes tiempo de esconder el cuchillo antes de desangrarte. –Parecía horrorizado por sus palabras, quizás creía que me iban a afectar de alguna forma, y por eso se sorprendió cuando escuchó mis siguientes palabras.
-Bueno, no necesariamente. –La calma de mi voz hizo que su rostro se tornase algo incrédulo, pero lo pasé por alto.- Piensa en su madre, ¿Qué mujer quiere que la gente sepa que su hijo se ha suicidado? Ella podría haber escondido el cuchillo, para evitar las habladurías. O su padre, o…
-Vamos a llevarte a casa, ¿De acuerdo? –Murmuró Álvarez- Aunque ahora que lo pienso…
-¿A casa? No quiero ir a casa y darle explicaciones a mi madre. Quiero saber qué decía la nota.
-Me temo que eso no es algo que pueda compartir contigo, así que te llevaremos a casa, Alessia.
-Señorita Díaz. –Le corregí, molesta.- Y me temo que el motivo de esta charla no era simplemente decirme que Sam está muerto, ¿No?, Supongo que tendrá preguntas, y esas cosas. –Bufé, imitando su tono de voz, que, aunque en un principio me había gustado sobremanera, ahora su voz rota me parecía de lo más irritante.
-Pues si es así, Señorita Díaz, mañana pasaré por su casa a hacer las preguntas que deba hacerle.
-¿Y por qué no ahora? –Pregunté, sagaz
-No la veo en condiciones de ser interrogada ahora mismo.
No recuerdo en qué momento comenzamos a tratarnos de usted, pero aquel cambio hacía de la conversación algo más tenso de lo que el agente Álvarez habría deseado. En cuanto a lo que dijo, me dí cuenta en seguida de que tenía razón; mi cuerpo estaba temblando compulsivamente, mis ojos se habían enrojecido y mi pecho comenzaba a hiperventilar. Me pregunté en qué momento habría empezado a suceder aquello, porque hasta que el joven agente no lo hizo notar, no fui consciente de ello.
-Está bien. –Respiré hondo, tratando de calmarme, en vano. Algo dentro de mí me decía que algo andaba mal, que la muerte de Sam significaba algo. En realidad, me sentía inmensamente culpable de su muerte, aunque sin ningún motivo, ya que, aunque bien hubiese deseado su muerte en algún momento, yo no lo había matado, ¡Ni siquiera se me hubiese pasado por la cabeza!, ¿No?.
El agente Álvarez me llevó a casa en su propio coche. Era un viejo Mercedes plateado, con algunos golpes, pero con un envidiable tapizado. No sé porqué recuerdo esto, ya que el trayecto en coche fue bastante caótico; Me limité a sentarme en el asiento del copiloto, de brazos cruzados y con el cuerpo orientado hacia la ventanilla, sin decir nada en todo el viaje. Cuando llegamos, Álvarez le dijo un par de palabras a mi madre para excusarme, y le aconsejó que no me dejara ir a clase al día siguiente. Mi madre es alguien bastante peculiar y se tomó el tema muy enserio, me abrazó con fuerza como si hubiese sobrevivido a alguna tragedia, o algo por el estilo y me obligó a meterme en la cama temprano. No mencionó el asunto en absoluto, aunque sus ojos dejaban entrever una pena que no me merecía.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Alessia [II]: Oh Dios mío, Sam.


Dos hombres esperaban con actitud nerviosa delante de la puerta de la casa. Era de noche cerrada, y los dos agentes ni siquiera eran capaces de ver el rostro de su compañero, aún así, sabían perfectamente que debían guardar la calma y la seriedad, tal y como les habían enseñado en la academia.
-Tranquilo, Álvarez, ya verá que no será tan horrible. –Dijo el de más edad, con voz grave y autoritaria, aunque con un leve titubeo.
-Preocúpese por la madre, no por mí. –Replicó el aludido, con aire molesto. No le gustaba que lo tratasen como a un novato, por mucho que su temblor le traicionara.
-Hablando de esa mujer, ya podía haber encendido la luz de fuera, no veo nada.
El agente más joven no respondió al comentario de su compañero; sabía perfectamente que lo último que haría aquella mujer sería ser amable con ellos. En la comisaría no les habían explicado nada, pues, tal y como dijeron sus superiores:  <<La mujer está muy afectada, así que van a ciegas>>. Los del teléfono de emergencias no pudieron adivinar gran cosa entre los gemidos y balbuceos que escucharon al otro lado de la línea, así que lo ocurrido, en parte, aún era un misterio.
-Calla, oigo pasos. –Murmuró entonces, agradecido de que la espera hubiese terminado
La persona que abrió la puerta no era la mujer del teléfono, si no un hombre más bien entrado en años, con alopecia y una maraña de vello canento en la barbilla, no miraba directamente a los dos policías, si no que su mirada se encontraba perdida en algún lugar de sus pies. Abrió la boca para hablar, pero no le salieron palabras.
-Buenas noches, caballero. Recibimos una llamada. –El que hablaba era el más mayor, pues Álvarez se había quedado perplejo al ver un rostro tan compungido como aquel.
-C-claro. Ya. Claro.
La voz del hombre temblaba, pero sus ojos estaban secos, al contrario de los de la que parecía ser su mujer; Una señora algo más joven, e indudablemente más hermosa, si no hubiese tenido el rostro tan hinchado y enrojecido. Álvarez se fijó en sus manos; tenía una marca de un mordisco en la muñeca.
<<Seguramente se mordió ella misma, pobre mujer>>
Instintivamente cogió las manos de la rubia señora, y pasó una mano por sus hombros, tras la mirada desaprobadora de su compañero, que se limitó a seguir  la dirección de la mirada asustada de esta, que no paraba de gemir.
-S-Samuel. Sam. Mi Sam. Oh dios mío… Sam… -Sus ojos oscuros se encontraron con los de Álvarez, que aprovechó el momento para sentarla en el sofá, con la delicadeza con la que ayudaría a cualquier anciana. Cuando la hubo sentado, se permitió echar un vistazo a su alrededor.
La casa era en parte sencilla, pero no por ello dejaba de ser acogedora. A pesar de las luces apagadas –A excepción de una lámpara cercana al sofá- no parecía en nada perturbadora u oscura, no era nada a lo que el agente estuviera acostumbrado; Era una casa tranquila, en la que no podía vivir una familia que fuese feliz.
Por eso se horrorizó tanto al entrar en la habitación tras su compañero, todo aquello apestaba a muerte; Olía a vómito, cera y sangre. El primer olor, sin duda, procedente del que fuera que hubiese encontrado en cadáver.
Porque era exactamente eso lo que había en la habitación: El cuerpo de un muchacho que apenas habría llegado a la mayoría de edad, boca  abajo y sin vida. Tenía la cabeza hacia un lado, como si alguien la hubiese girado para asegurarse de que era él, o de que estaba realmente muerto.
Vio por el rabillo del ojo que su extranjero compañero tenía el teléfono móvil en la mano, sin duda llamando al equipo de la científica, que se encontraba en la furgoneta fuera de la casa. En breve vendrían y lo analizarían todo, desde la sangre de las cortinas hasta el limpio corte del cuello del muchacho, del que hacía poco que había dejado de manar sangre. Su trabajo ahora, pues, era observarlo todo con minucia y sin tocar absolutamente nada, para tratar de averiguar el porqué de tal expresión de horror en el rostro sin vida del hijo de aquella pobre mujer, y de aquel macabro escenario.
Álvarez se estremeció al notar unos dedos húmedos en su hombro, y se dio la vuelta con brusquedad. Allí estaba ella, con el cabello revuelto y los ojos enrojecidos. No tenía absoluta idea de qué debía decir o hacer, pero no hizo falta, porque fue ella quién habló.
-Tenga. –La mujer le tendió algo, que él recogió de sus temblorosas manos. No le dio tiempo de responderle siquiera, ya que otros dos agentes la recogieron  antes de que desfalleciera y se la llevaron de allí.
-Tranquilo, Álvarez, conozco al chaval. –Dijo entonces el que le había acompañado hacia allí. Álvarez ni siquiera recordaba su nombre- Esto será sencillo, un caso de drogas, verá.
-A no ser que las drogas sepan blandir un cuchillo y cortar cuellos, no veo qué tiene esto de sencillo. –Replicó secamente, molesto y afectado, mientras todo el equipo llenaba la pequeña habitación y sacaba mil y una fotografías .
Una vez fuera buscó apresuradamente un cigarro de entre los bolsillos de su pantalón. Sabía que no podía fumar de servicio, pero su jefe lo entendería; era su primer cadáver, y aquella imagen iba a estar persiguiéndole durante mucho tiempo. Mientras buscaba uno de sus cigarrillos liados, tropezó con lo que la mujer le había tendido antes de desmayarse. Se colocó cerca de la luz de fuera – Que ya habían encendido- y desplegó lo que parecía ser un papel, arrugado y lleno de sangre. Parpadeó varias veces, intentando leer lo que ponía, pero era tal la mancha que apenas era legible una simple palabra:
Alessia.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Alessia [I]: Suspiros


Suspiros. Ese aire apresurado y fuera de lugar que llena los silencios incómodos, los recuerdos que te pillan desprevenido y las noches a solas. Aquello, era pues, lo único que intercambiaba yo con aquel señor de gabardina ajada y olor a tabaco de liar: Suspiros incapaces de transformarse en palabras.

No es que me incomodase, más bien, me parecía cómico. Un hombre tan despistado, tan preocupado por el menor detalle, tan abrumado ante problemas que a simple vista nos parecían de lo más sencillos… En parte, se parecía a mí: Enterrando la cara entre sus manos, que no paraban de desprender sudor, y mirando hacia los lados, nervioso, a la vez que, de vez en cuando, revolvía los papeles que tenía delante. Parecía que en cualquier momento le daría un ataque y entonces la preocupada debía ser yo, seguro.

El agente Álvarez era un hombre sencillo, de entre treinta y treinta y cinco años –o eso aparentaba- y un auténtico manojo de nervios. Al terminar los estudios, aquel muchacho perezoso que era, con barba de tres días, cabello castaño y revuelto y ojos claros, de aspecto extranjero, había suplicado a no sé cuántas personas para que lo destinasen aquí, a mi pequeña isla... ¿Y por qué? por una sencilla razón: Que aquí nunca sucede nada.
Y eso, comparado con la ciudad de León donde se había criado, suponía un gran alivio y un descanso para su sensible sistema nervioso.

Por eso no es raro que me extrañara cuando aquel hombre, que parecía sacado de una mala película española de policías, me llamó la atención a la salida del instituto, y me invitó, tácito, a un café.
Bueno, en realidad me invitó a un zumo, pero quise ser condescendiente con su economía.

Habíamos llegado caminando en silencio desde la puerta del instituto hasta el bar más cercano, y justo cuando empezaba a desvariar en mi perfil psicológico imaginario del agente, y a sentirme como en medio de una novela de Camilla Lackbërg, Álvarez me indicó que me sentase en una mesa del fondo del bar.
-Perderé el autobús, ¿Sabe? –Murmuré por lo bajo, mi tono tímido se contradecía a gritos con mi ceja elegantemente alzada- Mi madre se preocupará y eso, supongo.
-No te preocupes, te llevaremos a casa, ¿Te parece? – Ví al agente dar una vuelta alrededor de sí mismo, como si no tuviese muy claro lo que debía hacer a continuación, y casi me sentí culpable por añadir un problema más como era el del transporte a aquella mente llena de asuntos por resolver –Bien, esto… Un café, era, ¿Verdad? ¿Un cortado?
-No, no… Café solo, gracias.
Entonces la expresión de Álvarez sí que fue cómica, y dejé escapar una sonrisa entre mis labios, sin embargo, los suyos no se movieron ni un ápice.
-¿Tomas café solo? ¿A tu edad? –hablaba mientras miraba hacia atrás, mendigando la atención del camarero- ¿Te deja tu madre?
-Tengo dieciséis años –Respondí de inmediato, dolida. El agente se limitó a asentir distraídamente, hasta que el camarero se hartó de ver su cara moviéndose de un lado a otro y decidió cogerle el pedido.
Nadie nos miró con más atención de la necesaria. La mayor parte de los que llenaban el bar del pueblo a aquellas horas eran padres que esperaban a que sus hijos saliesen del instituto. Así que me limité a acomodar mi mochila rosa chicle en la silla de al lado y a esperar pacientemente a que llegase Álvarez con mi café.
Cuando llegó, con el café y una coca-cola, fruncí el ceño, pero no dije nada.
-Estoy de servicio –Se excusó- No puedo beber alcohol.
Estuve a punto de decirle que una coca cola quizás no fuera la mejor bebida para sus crispados nervios, pero callé y le di un sorbo al ardiente café que sujetaba entre las manos.

Entonces empezaron los suspiros.

-¿Y bien? –Preguntó entonces, decidiéndose a romper el silencio y acercándose ligeramente hacia mí, con las manos entrelazadas y sin tocar su bebida. Esperé unos segundos antes de contestarle, porque aunque no paraba de darle vueltas a la cabeza, sólo se me ocurría un motivo por el que pudiese formular una pregunta así.
-Y bien ¿Qué?
-Bueno, ¿No te has enterado?
-No fastidie que me ha invitado a un café para hablar de eso. Estoy bien, en serio. La mitad de las cosas que dice las dice porque me odia, creo.
Álvarez pestañeó varias veces, sin comprender.
-¿Eh? Espera… ¿Quién te odia?
-No lo sé, ¿De qué está hablando usted?
-De Samuel, Samuel Hernández. –Casi que le temblaba la voz. Me miraba como si la mención de ese nombre debiese causarme escalofríos o algo por el estilo, pero solamente logró confundirme más.
-Pues sí, de Sam. ¿Qué ha pasado?, ¿Lo detuvieron drogado, o algo por el estilo? ¿Se intentó suicidar? ¿Hacía vudú conmigo?
El agente, que en aquel momento le daba un sorbo a su refresco alto en carbohidratos, casi se atraganta, y dedicó a toser un largo tiempo. Me pregunté si le haría gracia lo que acababa de decir, o si mis desvariaciones tendrían algún fundamento.
Bueno, Sam llevaba una semana sin ir a clase, y a partir de ello me había creado algunas conjeturas, muchas de ellas sin sentido. Si hablásemos de ficción, se me habrían ocurrido mil y un motivos para que no fuese a clase: Suicidio, venganza, drogas, padres maltratadores, hermanos gemelos malvados… Pero, claro ¿A qué se refería Álvarez? ¿Acaso Sam había desaparecido? Y si así era, ¿Porqué llamarme a mí, entre todos sus amigos y compañeros de clase? ¿Y porqué invitarme a un café, en lugar de preguntarme rápidamente si sabía dónde estaba mientras esperábamos el autobús?

-¿Qué? ¿De qué hablas? No me jodas,  ¿Se puede complicar esto más? -El agente dirigió la vista al techo y pareció desinflarse por un momento.
-Disculpa, olvídelo, son tonterías mías. –Me miró de soslayo y apartó su bebida hacia una esquina de la mesa. Peligroso lugar para un vaso de vidrio.
-¿Entonces? –Guardó silencio, hasta que se dio cuenta de que no tenía ni idea de lo que esperaba que le contase, así que soltó aire con lentitud- ¿Sabes lo que pasó?
-¿Sobre qué? Mire, anda… ¿Qué pasa? ¿Tan loco se ha vuelto? ¿Qué ha hecho ese tío? ¡Dígamelo sin más! No será para tanto –Agarraba los bordes de la mesa y le miraba directamente a los ojos, cosa que habría preferido no hacer, ya que cuando habló, sus palabras me calaron tan hondo que me helaron por completo la sangre de las venas.
-Sam ha muerto, Alessia, ha muerto, joder.
















viernes, 16 de noviembre de 2012

Introducción al blog.

Hola.
Sí, así de simple.
Tanto como esto, más o menos. Quiero decir, ¿Porqué hace un blog la gente? ¿Para contar su vida? ¿Para inventarse la de otra persona? ¿Para desahogarse? ¿Para expresar pensamientos que a nadie le importan?
Quería escribir algo interesante, algo sobre gente que se me parece, sobre gente con vidas como la mía, pero a la que le pasan cosas que, quizás, sólo me han ocurrido en sueños.

Es curioso, antes escribía sobre mí. Hablaba sobre mi muro, sobre puertas grises que se abren y se cierran, sobre la luna, las discusiones, la muerte, o los sueños. Pero ahora todo eso... ¿Para qué?, ¿A quién le interesa? ¡Ni siquiera a mí!, ¡Ni siquiera a mí, que soy la que siento todas esas cosas!. ¿Qué importan las ideas sueltas, etéreas, sin huesos ni sostén? ¿A quién le importan si las escribe alguien anónimo, una persona de la que no sabes nada, a la que no entiendes?
Bueno, para eso están los personajes, ¿No?. Te reflejan, te identifican, te tocan, te llenan y son recordados. ¿Quién no recuerda al gran Sherlock Holmes? ¿O a Alicia?, ¿Peter Pan?... ¡Todo el mundo! Todos saben cómo se sentían, cómo eran, cómo vivían... Pero, ¿Y sus autores?, ¿Quién recuerda ya a Doyle, a Carroll o a Barrie? ¿Quién sabe cómo eran, de dónde eran o qué sentían? Levantad la mano, valientes.

Por eso he dejado las puertas, los muros y los corazones de cristal, para comenzar a hablar de Martha, de Alessia, de Damián o de Beth, para empezar a hablar de personas que sienten, en lugar del sentimiento en sí, sin base ni punto de referencia.

Si leéis esto, espero que comprendáis que, al igual que Valerie quiso a V, yo os quiero.
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