sábado, 24 de noviembre de 2012

Alessia [II]: Oh Dios mío, Sam.


Dos hombres esperaban con actitud nerviosa delante de la puerta de la casa. Era de noche cerrada, y los dos agentes ni siquiera eran capaces de ver el rostro de su compañero, aún así, sabían perfectamente que debían guardar la calma y la seriedad, tal y como les habían enseñado en la academia.
-Tranquilo, Álvarez, ya verá que no será tan horrible. –Dijo el de más edad, con voz grave y autoritaria, aunque con un leve titubeo.
-Preocúpese por la madre, no por mí. –Replicó el aludido, con aire molesto. No le gustaba que lo tratasen como a un novato, por mucho que su temblor le traicionara.
-Hablando de esa mujer, ya podía haber encendido la luz de fuera, no veo nada.
El agente más joven no respondió al comentario de su compañero; sabía perfectamente que lo último que haría aquella mujer sería ser amable con ellos. En la comisaría no les habían explicado nada, pues, tal y como dijeron sus superiores:  <<La mujer está muy afectada, así que van a ciegas>>. Los del teléfono de emergencias no pudieron adivinar gran cosa entre los gemidos y balbuceos que escucharon al otro lado de la línea, así que lo ocurrido, en parte, aún era un misterio.
-Calla, oigo pasos. –Murmuró entonces, agradecido de que la espera hubiese terminado
La persona que abrió la puerta no era la mujer del teléfono, si no un hombre más bien entrado en años, con alopecia y una maraña de vello canento en la barbilla, no miraba directamente a los dos policías, si no que su mirada se encontraba perdida en algún lugar de sus pies. Abrió la boca para hablar, pero no le salieron palabras.
-Buenas noches, caballero. Recibimos una llamada. –El que hablaba era el más mayor, pues Álvarez se había quedado perplejo al ver un rostro tan compungido como aquel.
-C-claro. Ya. Claro.
La voz del hombre temblaba, pero sus ojos estaban secos, al contrario de los de la que parecía ser su mujer; Una señora algo más joven, e indudablemente más hermosa, si no hubiese tenido el rostro tan hinchado y enrojecido. Álvarez se fijó en sus manos; tenía una marca de un mordisco en la muñeca.
<<Seguramente se mordió ella misma, pobre mujer>>
Instintivamente cogió las manos de la rubia señora, y pasó una mano por sus hombros, tras la mirada desaprobadora de su compañero, que se limitó a seguir  la dirección de la mirada asustada de esta, que no paraba de gemir.
-S-Samuel. Sam. Mi Sam. Oh dios mío… Sam… -Sus ojos oscuros se encontraron con los de Álvarez, que aprovechó el momento para sentarla en el sofá, con la delicadeza con la que ayudaría a cualquier anciana. Cuando la hubo sentado, se permitió echar un vistazo a su alrededor.
La casa era en parte sencilla, pero no por ello dejaba de ser acogedora. A pesar de las luces apagadas –A excepción de una lámpara cercana al sofá- no parecía en nada perturbadora u oscura, no era nada a lo que el agente estuviera acostumbrado; Era una casa tranquila, en la que no podía vivir una familia que fuese feliz.
Por eso se horrorizó tanto al entrar en la habitación tras su compañero, todo aquello apestaba a muerte; Olía a vómito, cera y sangre. El primer olor, sin duda, procedente del que fuera que hubiese encontrado en cadáver.
Porque era exactamente eso lo que había en la habitación: El cuerpo de un muchacho que apenas habría llegado a la mayoría de edad, boca  abajo y sin vida. Tenía la cabeza hacia un lado, como si alguien la hubiese girado para asegurarse de que era él, o de que estaba realmente muerto.
Vio por el rabillo del ojo que su extranjero compañero tenía el teléfono móvil en la mano, sin duda llamando al equipo de la científica, que se encontraba en la furgoneta fuera de la casa. En breve vendrían y lo analizarían todo, desde la sangre de las cortinas hasta el limpio corte del cuello del muchacho, del que hacía poco que había dejado de manar sangre. Su trabajo ahora, pues, era observarlo todo con minucia y sin tocar absolutamente nada, para tratar de averiguar el porqué de tal expresión de horror en el rostro sin vida del hijo de aquella pobre mujer, y de aquel macabro escenario.
Álvarez se estremeció al notar unos dedos húmedos en su hombro, y se dio la vuelta con brusquedad. Allí estaba ella, con el cabello revuelto y los ojos enrojecidos. No tenía absoluta idea de qué debía decir o hacer, pero no hizo falta, porque fue ella quién habló.
-Tenga. –La mujer le tendió algo, que él recogió de sus temblorosas manos. No le dio tiempo de responderle siquiera, ya que otros dos agentes la recogieron  antes de que desfalleciera y se la llevaron de allí.
-Tranquilo, Álvarez, conozco al chaval. –Dijo entonces el que le había acompañado hacia allí. Álvarez ni siquiera recordaba su nombre- Esto será sencillo, un caso de drogas, verá.
-A no ser que las drogas sepan blandir un cuchillo y cortar cuellos, no veo qué tiene esto de sencillo. –Replicó secamente, molesto y afectado, mientras todo el equipo llenaba la pequeña habitación y sacaba mil y una fotografías .
Una vez fuera buscó apresuradamente un cigarro de entre los bolsillos de su pantalón. Sabía que no podía fumar de servicio, pero su jefe lo entendería; era su primer cadáver, y aquella imagen iba a estar persiguiéndole durante mucho tiempo. Mientras buscaba uno de sus cigarrillos liados, tropezó con lo que la mujer le había tendido antes de desmayarse. Se colocó cerca de la luz de fuera – Que ya habían encendido- y desplegó lo que parecía ser un papel, arrugado y lleno de sangre. Parpadeó varias veces, intentando leer lo que ponía, pero era tal la mancha que apenas era legible una simple palabra:
Alessia.

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